Opinión

EL MIEDO TOCÓ MI PUERTA, PERO NO SE LLEVÓ MI VOZ | Por si estaban con el pendiente

Foto de Quetzalli Carolina Vázquez

Por Quetzalli Carolina Vázquez

Este martes encontré abierto el portón trasero de mi domicilio, en tres décadas de trabajar en medios de comunicación he vivido amenazas, presiones, intimidaciones y situaciones diversas, pero nunca me había enfrentado a una escena así.

Por unos segundos, el miedo me paralizó, no voy a negarlo; mientras solicitaba auxilio, mil cosas pasaban por mi cabeza y varios recuerdos llegaron a mi memoria.

Tenía 17 años cuando experimenté por primera vez lo que significaba incomodar a un funcionario público; trabajaba como corresponsal en el diario Crónica y, había escrito sobre obra pública adjudicada a familiares del entonces presidente municipal priista de Minatitlán, Ignacio Hernández Berrueco; la respuesta fue un reclamo a gritos en el patio central del Ayuntamiento.

Así descubrí que escribir sobre el ejercicio del poder podía provocar reacciones que nada tenían que ver con responder a los cuestionamientos

Durante los tiempos del Fidelato, el peligro eran los grupos delictivos, tuve una situación de riesgo, el respaldo de la empresa para la que trabajaba hizo que no pasara a mayores.

Aquella vez tuve mucho miedo, comencé a cuidar mi entorno, a prestar más atención a lo que ocurría a mi alrededor pero no dejé de hacer lo de siempre: periodismo.

En tiempos del Duartismo, después de evidenciar una irregularidad en el entonces Instituto Electoral Veracruzano, hoy OPLE, fui vigilada por desconocidos que me seguían a cada lugar que iba; con todo y eso seguí haciendo lo que hago: periodismo.

Un día, Fidel Herrera, molesto por una publicación me hizo llevar a un espacio dónde reunió a funcionarios de su gabinete para intentar convencerme de que mi información era equivocada.

No recuerdo en aquella ocasión sentir miedo sino enojo, no cambié lo que había publicado tras aquella reunión; al final, el gobierno aceptó que era verdad y tuvo que conciliar con los afectados.

He contado pocas veces estas historias, no porque las haya olvidado, sino porque nunca me ha gustado construir una imagen de periodista perseguida, no me gusta que me llamen guerrera y detesto a quienes convierten la victimización en una forma de vida.

Soy periodista, me gusta y apasiona mi trabajo, sé que tiene riesgos, como muchas otras actividades, pero también sé que cada persona decide qué está dispuesta a hacer, qué camino quiere seguir y yo tomé mi decisión hace 34 años.

"Cuídate", "no te arriesgues", "piensa en tu familia", son frases que escucho con frecuencia; algunas vienen de personas que me quieren y se preocupan por mí, otras llegan acompañadas de advertencias sobre el poder, sus rencores y las consecuencias de incomodar a quienes lo ejercen.

He discutido con personas muy cercanas que me piden dejar de escribir de manera crítica para no ponerme en riesgo, mi respuesta ha sido un rotundo NO.

Entiendo sus preocupaciones, mi familia y mi seguridad me importan; no considero que el periodismo deba ejercerse ignorando los peligros, tampoco creo que la prudencia deba convertirse en una orden de silencio, más bien quiero creer que podemos contribuir a construir un lugar donde las nuevas generaciones de periodistas no tengan que preguntarse si una publicación pondrá en peligro su seguridad o la de sus familias.

Desde hace un par de meses el Mecanismo Federal de Protección a Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas me proporcionó medidas de seguridad derivado de un hecho anormal que reporté.

La noche de este martes al encontrar abierto el portón, seguí los protocolos que se me indicaron e hice algo más: llamar al 911; tres intentos y ninguna respuesta efectiva en esa línea.

Desde la Ciudad de México tuvieron conocimiento de la situación y se abocaron a atenderla, mientras eso ocurría decidí salir de mi casa; en ese momento consideré que estaba más segura en la calle que dentro del domicilio.

¿La versión oficial?

El reporte policiaco refiere que el portón estaba abierto y que eso me alertó a pedir auxilio porque siempre se mantiene cerrado; que revisaron y no encontraron a nadie en el domicilio, que no se trató de un robo y que se retiraron del lugar...Hasta ahí llegan los hechos.

¿Qué pienso que ocurrió?

Que alguien ingresó a mi domicilio saltando la barda, abrió el portón y salió porque su interés no era robar.

Si alguien pretendía asustarme, lo consiguió, pero si la intención era que deje de escribir e investigar en la línea en la que lo hago, hay algo que debe quedar claro: no lo haré.

Eso no significa que ignore los riesgos, tomaré las precauciones necesarias sin renunciar a mi derecho de ejercer el periodismo.

No sé quién pudo estar detrás de lo ocurrido, no tengo pruebas para atribuirlo a un político molesto, a un juez indignado, a un líder afectado en sus finanzas tras evidenciar irregularidades o a cualquier ladrón; no acostumbro señalar sin pruebas y no será esta la primera vez.

Lo que sí quiero es dejar constancia pública de lo ocurrido porque si esto tiene que ver con él ejercicio periodistico, es necesario mencionar que el periodismo no puede ni debe ser amenazado, intimidado o agredido por hacer su trabajo.

No podemos normalizar que una persona que informa, investiga o cuestiona tenga que acostumbrarse a vivir con miedo; tampoco a que las amenazas formen parte del oficio, como si fueran el precio inevitable de hacer preguntas incómodas.

No soy una guerrera, soy periodista y este martes tuve miedo, me preocupé por mi seguridad y busqué ayuda; no tengo por qué ocultarlo para demostrar que estoy comprometida con mi trabajo ni para ponerme en posición de heroína.

Sé que no todos enfrentamos las mismas circunstancias ni tenemos las mismas posibilidades para protegernos, por eso no juzgo a quien decide alejarse tras una situación de riesgo, cada persona tiene derecho a cuidar su vida y a tomar sus propias decisiones.

Mi decisión, por ahora, es continuar, no porque me crea invulnerable, no porque piense que nada puede pasarme, mucho menos porque crea que mi vida vale menos que una publicación.

Sigo porque creo que el periodismo tiene una responsabilidad con la sociedad: mirar donde otros no quieren mirar, preguntar lo que otros prefieren callar y evidenciar aquello que necesita salir a la luz.

No quiero que esta historia se convierta en un relato de heroísmo, no soy una guerrera, soy una comunicadora que hace lo que le gusta y apasiona aportando lo que puede desde su trinchera.

No sé exactamente qué pasó ni qué pasará, lo que sí sé es que no quiero vivir en un país donde el miedo determine lo que podemos escribir, donde denunciar una injusticia se convierta en una amenaza para la integridad de quien la denuncia o donde las familias de los periodistas tengan que vivir pendientes de lo que pueda ocurrirles.

Seguiré haciendo lo que hago, con la convicción de que las cosas pueden cambiar porque no se trata de ser una heroína, se trata de seguir siendo periodista.

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